No hay nada más desagradable que forzar un balance. No lo será para los contadores (al fin y al cabo, muchos viven de ello), pero sí para otros mortales. Atravesamos un mes calendario que empuja a cargar en las columnas del debe y del haber lo hecho y dejado de hacer durante el año. Pocos son los que lo concretan voluntariamente, pero casi todos lo piensan o, imprudentemente, caen en la incómoda pregunta del “cómo te fue en 2013”.
Quienes no estamos acostumbrados a esas labores, no tenemos incorporada la dinámica de tabular resultados, ni estamos formados en hacer cálculos y responder a la lógica matemática de sacar un resultado. Para nadie en estos menesteres, dos más dos es siempre cuatro.
Por el contrario, caemos en la incertidumbre de no saber con qué nos enfrentaremos al empezar nuestro resumen, ni de cómo podremos acomodar las cuentas para que no nos dé un déficit que nos ahogue, ni un superávit que nos haga ilusionar en vano.
Es que en nuestro balance no manejamos cajas con dinero, sino corazones con afectos. Entonces, ¿qué vale más? ¿Un amigo perdido o tres reencontrados? ¿Una historia en camino al olvido o cinco en proceso? ¿Un recuerdo añoso o dos presentes inciertos? ¿Una tristeza reciente o una alegría de principios de año? Y todo limitado a las cuestiones individuales; ni qué hablar del sentir sobre los hechos colectivos que afectan a la sociedad en su conjunto, como los que se viven en esta semana en la provincia.
La enorme sensación de vacío que le transmiten estas fiestas a muchos se deberá, muy posiblemente, a la presión de tener que definir si hemos ganado o perdido durante 2013. Quizás estemos emocionalmente incapacitados para tomar distancia y ser objetivos sobre nuestras propias existencias, y no tenemos a un contador para pasarle los datos y pedirle, encarecidamente, que nos asegure una diferencia a nuestro favor.
Nos olvidemos por un instante de las imposiciones y las exigencias; dejemos de lado la obligación de saber qué tal nos fue en este año; no nos planteemos objetivos para 2014. Tratemos simplemente de levantar las copas, recordar con cariño a los ausentes e ilusionarnos con el porvenir, sin pensar en ganancias o pérdidas.